Varios motivos llevan a Donald Trump a abusar del elemento religioso en la política, al mas alto nivel en su posición como Presidente.
Primero, para tratar de unir a la población en torno a la religión, ya que la identidad cívica estadunidense está debilitada por la polarización política y la crisis socio-económica imperante.
Segundo, para tratar de unir al colectivo provisto de identidad religiosa en torno a Trump mismo, dada la bajísima aprobación actual de su mandato (39%). El problema aquí es que solo el 62% de los estadunidenses se identifican como cristianos, de los cuales el 20% católico no necesariamente aprueba de la forma en que los protestantes están politizando al país. En otras palabras, el nacionalismo religioso es difícil de imponerse donde no existe homogeneidad en la creencia y donde mucha gente ya no cree ni participa de la religión organizada. Fórmula de abuso religioso que suele ser vista por los escépticos de casa y los del mundo en general como propaganda extremadamente polémica.
Tercero, para que esa supuesta gente colectivizada en torno a la religión no solo se una a ti como representante de esa nueva religiosidad, si no que también se sumen a ti como supuesto representante del bien, en contra de quienes señalaste como malos; en este caso a los iraníes y en si a los musulmanes del mundo, a quienes llevas desde el 2001 (torres gemelas) demonizando. Cabe mencionar que la religión es la forma mas antigua de dividir a grupos entre buenos y malos. El problema es que tratar de justificar una guerra entre buenos y malos sin consultar a los demás que conforman el orden internacional convierte a tu agresión en una cruzada.
Cuarto, y mucho mas antiguo y trascendente que el cortoplacismo político anterior, es la relación entrecruzada que ha existido entre el cristianismo y el judaísmo desde que los romanos oficializaron al cristianismo como la religión oficial del Imperio, que por lógica incluyó al judaísmo como sus raíces; judeo-cristianismo del cual irónicamente el Islam también forma parte por ser también una tradición Abrahámica.
La esencia de la identidad cultural de Occidente es mucho mas que la similitud racial, cultural y política de su gente. La esencia de la identidad cultural de Occidente es el cristianismo romano heredado y compartido por las distintas super potencias europeas, desde el Imperio Romano al Imperio Bizantino, al Imperio Portugués, al Imperio Español, al Imperio Holandés, al Imperio Británico, a los Estados Unidos de América, que en la actualidad portentan y defienden a la cruz y por consecuencia a la estrella de david, como le correspondió a cada Imperio en el pasado. Símbolos de identidad y cultura religiosa que han establecido relaciones de poder desde la antigüedad judeo-cristiana romana, y que especialmente a partir del Imperio protestante Holandés, establecieron relaciones económico-financieras entre élite judía y cúpula política con fines territoriales.
Esto que actualmente entendemos como "Sionismo" es lo que nos permite ver el porque Washington defiende a muerte a Tel-Aviv/Jerusalén; ya que sin pueblo ni territorio ni narrativa judía se resquebrajaría el arreglo de intereses económicos y financieros que recubren a la esencia religiosa judeo-cristiana. En el caso de la cruzada actual, los Estados Unidos, aparte de defender todo lo anterior, defienden el expansionismo territorial de Israel, ya que eso les permite a ambos controlar el mercado energético de Medio Oriente, el mas rico en hidrocarburos de todo el mundo.
A grandes rasgos, el entrecruce entre política y religión domestico trumpesco se entrecruza con la cruzada conjunta americano-israelí en Medio Oriente, esencial para perpetuar los símbolos culturales y las relaciones monetarias que de tanto entrecruce resultan. En términos llanos, el grado de la propaganda religiosa es directamente proporcional al tamaño de la crisis socio-económica y civilizatoria que se enfrenta. En este caso contra un Irán que forma parte de un nuevo orden multipolar que está retando a las finanzas, la milicia y el control energético que han lubricado la narrativa de "nuestra forma de vida es superior" que Occidente ha presumido durante los últimos 500 años.
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