Los elementos clave para dimensionar el abuso de autoridad ejercida sobre los patinadores en las calles de San Pedro Garza García durante el fin de semana pasado, son la cantidad excesiva de patrullas y de policías que participaron en el arresto de las 24 personas, que en el mejor y mas legal de los casos hubieren merecido a lo mucho sanciones administrativas. Sin embargo se les trató como criminales, en base a una regla de tránsito aplicada arbitrariamente; aplicación que fue en contra de la Ley General de Movilidad y seguridad Vial, así como de la Ley de Movilidad de Nuevo León.
Regla de tránsito y seguridad vial 114 que irónicamente se había actualizado en 2021 para "priorizar el derecho humano a la movilidad y establecer una jerarquía vial que pone primero al peatón, luego a los ciclistas/micromovilidad, al transporte público y al final a los autos particulares." Por lo que la excusa de que los patinadores representaban un riesgo para los automovilistas fue exagerada, ya que existen riesgos implícitos en el conducir, por tratarse de una actividad compartida con muchos otros que también conducen por las mismas calles y avenidas de la ciudad. Al final todos sabemos que en condiciones normales el verdadero riesgo es para los patinadores, y no para los coches. Por lo que no perdamos de vista esa realidad que conocemos desde antaño, para tratar de justificar el paternalismo y los abusos de poder que nos aquejan.
Lo que pudo verse durante lo sucedido fue la aplicación severa de un reglamento de tránsito que acabó contradiciendo su propia esencia, y que acabó yendo en contra de la propia Ley de donde emanan los reglamentos. Algo similar pasó con los ciclistas que hace un mes estuvieron a punto de ser detenidos por policías, que expresaron explícitamente que era el C4 a donde tendrían que acudir los amonestados, si es que querrían saber de donde venía la regla que se les imponía. Una flagrante contravención a esa misma Ley que técnicamente está por encima de los reglamentos y los propios policías y Centros de Control y Comando como el C4.
Lo que puede leerse entre líneas es una combinación de exceso de autoridad reflejado no solo en las formas, si no también en las justificaciones de fondo en torno a la necesidad ciudadana de pedir permiso con mucha anticipación para poder utilizar una calle o avenida; ese mismo espacio público que en teoría nos pertenece como ciudadanos libres dentro de esta república. En pocas palabras, tener que pedir permiso para utilizar algo que por sistema ya es nuestro.
A mi me encantaría que con esa misma urgencia y cantidad de servidores públicos se atendiesen asuntos como la finalización de obras públicas como la de Alfonso Reyes, y otras obras que tardan años en terminar; que por lo visto no son prioridad para un gobierno aferrado a la estrategia y el aparato de seguridad que nos asfixia. Me explico.
Llega un punto que cuando haces de la seguridad la única prioridad acabas desatendiendo otros sectores, en este caso las obras públicas, pero también la educación y la cultura. Demasiada seguridad acaba también obstruyendo la actividad económica, social y cultural de esta sociedad, que inicialmente reconocía la necesidad de reforzar la seguridad cuando no parecía haber otras alternativas para resolver las broncas de hace 20 años, pero que debido a la excesiva "securitización" de la sociedad acabaron provocando otros problemas.
Un ejemplo de como el exceso de seguridad afecta al trinomio economía, sociedad y cultura es la vida nocturna en Monterrey, particularmente la del Centrito Valle, independientemente si los arreglos de las calles del gobierno anterior afectaron a los negocios o no. El Centrito no es la sombra de lo que fue en los setentas, ochentas ni noventas, por que la gente en la ciudad no solo a dejado de salir debido a la era digital y de celulares que vivimos; tampoco quiere salir por los horarios recortados y por el reglamento extremo que no les permite sentarse, escuchar música, ni tomar ni fumar en la banqueta, como se podía antes y como se permite en cualquier ciudad de primer mundo a las que presumimos parecernos.
La gente sale menos porque no le gusta tener que enfrentarse a los rondines militares que patrullan cerca de sus lugares de entretenimiento, así como tampoco les gusta tener que someterse a los múltiples retenes anti alcohol que convierten a las calles en un envudo de tráfico atascado; una práctica claramente anti constitucional. Por que encima de todo presuponen que todos los automovilistas son potenciales borrachos, y actúan sobre esas mayorías con una mala y autoritaria interpretación de la ley, en vez de enfocarse en las minorías materialmente infractoras, con una mas apropiada y correcta aplicación de la ley.
Para mi todo eso es el resultado de haber sustituido a los policías tradicionales por policías endurecidas y militarizadas; ya que los primeros eran los enlaces cívicos naturales -los intermediarios racionales entre gobierno y ciudadanía- que suelen apegarse mas a las reglas y las leyes por que es parte esencial de su preparación profesional el conocerlas a fondo. Esencia que contrasta con elementos de seguridad y policías endurecidos que se mueven bajo una lógica de la "emergencia", mediante la presunción de culpabilidad y criminalidad de la ciudadanía.
Cuando canjeamos la libertad por seguridad nos quedamos sin ninguna. Por eso sueño con una comunidad donde la libertad vuelva a ser sinónimo de una sana cuota de incertidumbre y contingencia que le es natural a nuestra existencia; y no ya con una sociedad en donde estar seguro significa vivir reprimido, asustado y aburrido en auto control y auto encierro compartido.