Thursday, 13 August 2015

Del financiamiento a la aristocracia

'Lo que fue aplaudido como economía post industrial se ha convertido en una economía financializada'
Michael Hudson (1939-) economista estadounidense

El afán por mantener las tasas de crecimiento económico ante los embates de la globalización obligó al Estado a someterse a los designios de la finanza, la cual se aprovecha del endeudamiento generalizado para acaparar cada vez más activos.
‘‘Capitalismo rentista’’ es otra forma de llamar al neoliberalismo que ha 'financializado' a nuestra sociedad y la de EUA durante los últimos 30 años. Este sistema tiende hacia el monopolio en el acceso a la propiedad física, intelectual y financiera, de donde se extraen enormes ganancias sin necesidad de contribuir al mejoramiento de la colectividad.
A grandes rasgos, la financialización también se refiere a la compra de bienes públicos, tierra y recursos naturales, para después ofrecerlos en forma de servicios a cambio de rentas, que no generan productividad ni valor agregado para la sociedad.
Es obvio que toda aventura económica de envergadura requiere de financiamiento, ya que es casi imposible progresar sin algún tipo de préstamo. Sin embargo, una cosa es financiar al Estado o la empresa privada para que inviertan con el fin de detonar el crecimiento y los empleos, y otra muy distinta es endeudar en exceso a la población, con la esperanza de que gasten su vida de consumo en búsqueda del desarrollo y la estabilidad social.
O sea que, en vez de destinar créditos para crear nuevos medios de producción, la banca simplemente rellena los huecos de los activos económicos que va obteniendo con más deuda, la cual, a falta de salarios reales (efecto del estancamiento económico y la falta de productividad), debe usarse para liquidar los préstamos e intereses adquiridos.
La dependencia en esta forma de hacer las cosas tiene varias explicaciones. La primera es estructural, ya que los avances en tecnología de la información facilitan la movilidad de capitales alrededor del mundo. Este poderío financiero posmoderno logró ‘seducir’ al Estado para que desregulara los candados que prohibían la fusión de la banca comercial y la de inversiones. Fue gracias a ello que la aristocracia financiera se coronó en el pináculo del neofeudalismo en que ahora vivimos.
Otra razón es, como ya mencioné, la urgencia por mantener las tasas de crecimiento económico y la estabilidad social al alza, responsabilidad que le fue delegada al consumidor por ideología neoliberal. El Estado prácticamente claudicó de su función como chispa económica, dejando de invertir en la infraestructura pública que incentiva el progreso.
La tercera y más notoria es la falta de confianza en países como México, que ha perdido sus principales fuentes de financiamiento, como son las remesas, el turismo, y las grandes utilidades del petróleo. Ulteriormente, la baja económica de EUA, la prolongada guerra contra el narco y la caída de los precios del crudo han obligado al Estado a cubrir sus gastos ‘soberanos’ con más deuda.
Todo esto gradualmente hizo del Estado un lacayo de los capitales trasnacionales, lo cual se ve reflejado en las onerosas deudas, así como los jugosos obsequios que se le hacen a sus corporaciones por sus ‘servicios’. El mejor ejemplo de esto es el rescate financiero que comenzó a partir de 2008 en EUA, que ha costado trillones en dinero público. Aquí también caben las tasas de interés casi nulas, mismas que equivalen a dinero casi gratuito para la banca privada. En esta línea, la reforma financiera mexicana no fue más que un reacomodo de jerarquías, posicionando a lo político muy por debajo de lo financiero.
El sector industrial privado tampoco se ha escapado de los tentáculos de la finanza, ya que las gigantes deudas para con este sector literalmente han transferido el poder de decisión a las cúpulas bancarias. Es así que en vez de refinanciar las deudas industriales para enderezar los procesos productivos, la banca invierte en las empresas como si fueren bienes raíces. Su intención es realzar la imagen y el valor de las acciones, para después vender todo a crédito, pero siempre cobrando altas ‘rentas’ de capital en cada operación.
No hay que sorprenderse, pues, de que nuestra desigual cultura (0.1% de los mexicanos tiene el 42% de la riqueza) priorice la especulación en construcción, las bienes raíces y el espectáculo. Todas estas actividades cuentan con el suculento apoyo de la finanza, que presta barato a sus peones para que compitan entre sí, y que en su incesante lucha inflen aún más la burbuja especuladora.
Es por eso que no falta mucho para que alguno otro banco le ‘arrende’ su nombre a los Tigres, para que construyan ese otro monumento al despojo rentista, símbolo de que lo encumbrado es la finanza, y no la ciudadanía, ni la república, ni el medio ambiente.

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