Tuesday, 11 August 2015

De bombas y promesas fallidas


'Los japoneses estaban listos para rendirse y no era necesario golpearlos con esa cosa horrible'

Dwight D. Eisenhower (1890-1969) Trigésimo cuarto Presidente de los EUA


La carrera armamentista nuclear se desató a partir del innecesario uso de la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki.

Han pasado 70 años desde la destrucción atómica que humilló al pueblo japonés al final de la Segunda Guerra Mundial. Según muchos historiadores y políticos, el Estado nipón estaba a punto de rendirse. Sin embargo, los círculos de poder en Washington consideraron pertinente el destruir cualquier vestigio del imperio del sol naciente, esto por varias razones.

La primera es la más antigua, y tiene que ver con la necesidad humana de demostrar el poderío tecnológico a como de lugar. La bomba atómica era simplemente lo más sofisticado en armamento, realidad que seguramente sedujo a los altos estrategas que autorizaron su uso.

La segunda razón fue de corte geopolítico, ya que Washington quería asustar a una consolidada Unión Soviética, que terminada la guerra se convirtió en una amenaza para Occidente. No es casualidad que apenas unos años después Moscú detonó la primera bomba de hidrógeno, respuesta beligerante a lo sucedido en el archipiélago japonés.

La tercera tiene que ver con geoestrategia, ya que EUA requería una base en el Lejano Oriente, como punto clave para su expansionismo imperial. La destrucción causada por las bombas le permitió al Tío Sam negociar con todo a su favor. Es por eso que todavía hoy comanda la contenciosa base de Okinawa, desde donde se fraguan otras intervenciones en la región. Ulteriormente, la dominación planetaria en la etapa de postguerra se facilitó gracias a las radioactivas explosiones.

Ninguna de las motivaciones contemplaba el tratar de acelerar la rendición nipona, ya que su participación en la conflagración mundial había desahuciado al Estado y a la población en general. Lo increíble fue que Washington ni siquiera esperó para ver los resultados de la intervención soviética en el Japón, la cual había sido programada por Truman y Stalin para llevarse a cabo en la primera semana de agosto de 1945.

Ya no vale la pena tratar de ajusticiar a los fallecidos que planearon una de las monstruosidades más grotescas de la historia, que costó la vida de cientos de miles de civiles, entre ellos mujeres y niños. Lo que si hay que recordar es que unos meses antes de lanzar las bombas atómicas, EUA ya habían comenzado a bombardear otras ciudades japonesas, entre las cuales estaba Tokio. Esta fue literalmente incendiada y diezmada (más de 100,000 muertos), mediante toneladas de napalm lanzado desde los aires. 

Existe muchísima desaprobación en la actualidad por la presencia estadounidense en Japón. De hecho, según una reciente encuesta realizada por Populus/Sputnik, 61% de los japoneses creen que Estados Unidos deberían disculparse por el ataque nuclear. Asimismo, 74% dijeron que dicho ataque no se justificaba militarmente, debido a la desproporcionada cantidad de muertes civiles.

Lo triste es que el Estado nipón no ha claudicado completamente de la opción nuclear, tanto en lo energético como en lo armamentista. Con todo y la enorme enemistad popular en contra de la militarización, el primer ministro Shinzo Abe está intentando modificar la Constitución para rearmar a la nación.

Es en ese sentido que Abe omitió los tres principios antinucleares, mismos que prometió mencionar durante el evento conmemorativo de fin de semana. Queda muy claro que Abe considera la nueva amenaza China como una muy seria, y que por eso prefirió romper su promesa callando.

Lo que si se antoja urgente es reflexionar sobre el desarrollo de nuevas armas nucleares, y cómo éstas se han vuelto un imperativo para las naciones emergentes, que ven en la destrucción masiva la única forma de defenderse de las agresiones a gran escala.

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