Wednesday, 30 September 2015

Amenaza a la vista

‘‘No estamos bajo amenaza, somos la amenaza’’
Oliver Stone (1946-) cineasta estadounidense
Los EUA han emplazado misiles nucleares en Alemania para amenazar a una empoderada Rusia que tiene el sartén por el mango en la crisis siria.
Putin ha respondido a la intimidación de Washington (que se rehúsa a aceptar la postura antiterrorista de Moscú) con la misma medida, anunciando que colocará misiles nucleares en Kaliningrado, un pequeño territorio situado entre Alemania y Polonia que controla desde finales de la Segunda Guerra Mundial.
Es así que la crisis siria ha dejado muy en claro que el Tío Sam y la madre Rusia pelean una segunda versión de la Guerra Fría, vergonzosa situación que tiene a los gorilas que nos ‘gobiernan’ agitando otra vez sus mortíferos misiles de punta fálica.
Sin embargo, la diferencia más importante entre la primera versión del bipolarismo enfrentado y el de la actualidad es que incluye a China, potencia que ha venido consolidándose como la más poderosa del mundo después de EUA. Tan determinante es la participación de Beijing en la geopolítica contemporánea que los mismos egipcios abrieron las compuertas del Canal de Suez para dejar pasar a los buques chinos, con destino final en las costas mediterráneas de Siria, en donde hicieron presencia junto a su aliado ruso.
Dicho ‘enroque’ chino responde a dos factores. El primero es de orden geoestratégico, y tiene que ver con el hecho que Beijing y Moscú han finalmente establecido una alianza estratégica, en respuesta a los avances de la OTAN, que se vienen excediendo desde la caída de la URSS. El símbolo más característico de dicha ‘unión’ fueron los recientes desfiles militares conjuntos en Moscú, cuando Putin celebró junto a Xi Jinping el 70 aniversario del final de la gran guerra contra Hitler.
El segundo factor es geopolítico, dado que tanto China como Rusia cuentan con una gran población islámica (Cáucaso ruso y la provincia de Xinjiang), que pudiera ser desestabilizada por el ISIS o cualquier otro grupúsculo, ya sea fundamentalista o mercenario de algún gran poder hegemónico competidor.
Por otro lado están las modificaciones al tablero de poder de Medio Oriente, esquema que se venía respetando de acuerdo al poderío estadounidense en la región desde la década de los 40, pero que ha llegado a su fin con la crisis Siria. Lo primero tiene que ver con el Egipto del general Al Sisi, que llegó al poder gracias al financiamiento saudí, catapultado por su animadversión contra un Washington, que había impuesto a Mohhamed Morsi de la Hermandad Musulmana tras la caída de su títere Hosni Mubarak.
Al Sisi derrocó a Morsi con dinero ajeno al americano, es por eso que su consolidación en el poder ha seguido la línea del nuevo arreglo geoestratégico entre China y Rusia (a quien le está empezando a comprar armas, lentamente alejándose de EUA), quienes han dejado en claro que el Medio Oriente forma parte del nuevo eje multipolar eurasiático.
La otra pieza clave en la ecuación es Israel, que también ha tenido que adecuarse al vacío de poder que está siendo creado por Washington en la región. El acuerdo de Obama con Irán fue visto como una puñalada por la espalda por el establishment israelí, algo que ciertamente ya cambió el statu quo que se venía respetando desde la creación del estado sionista.
Es así que lo más factible es que la seguridad de Israel en el mundo multipolar gradualmente irá marcando una diversificación interesante, siendo la Rusia de Putin el principal responsable. Es en esta línea que se dio la última visita de Netanyahu al Kremlin, lo que anuncia el comienzo de una nueva y convenenciera relación. Ulteriormente, Tel-Aviv no se quedará con las manos cruzados en el nuevo orden, por lo cual seguramente se estará preparando para beneficiarse de la nueva seguridad militar proveída por la dupla de poder eurasiática, aunada a las jugosas oportunidades comerciales que su presencia traerán a la región.
La navegación de barcos chinos a través el Canal del Suez, emblema de 200 años de imperialismo angloamericano, es la mejor evidencia de la transformación de las relaciones de poder internacionales. En pocas palabras, el Tío Sam ya no patrulla todas las aguas del planeta.

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