Tuesday, 23 December 2014

De apuestas y pasaportes vencidos

`A través de la historia, el país de la moneda del comercio mundial ha sido el del ejercito más poderoso´

-David Graeber (1961 -) antropólogo estadounidense 

  
Toda moneda nacional única pierde su valor cuando es secuestrada por la banca privada para sus apuestas.
Las monedas nacionales originalmente tienen una doble función. La primera es posicionar al Estado como el ente rector de la sociedad, por lo que el dinero lleva impreso los héroes nacionales y demás mitos que conforman lo que entendemos como patria. La segunda es económica, ya que las monedas son símbolos de exclusividad hacia esa misma autoridad que detenta el poder de su creación, una especie de deuda inicial que irremediablemente nos ata con el dueño del dinero.

Los bancos son desde el punto de vista económico y financiero el equivalente a las instituciones cívicas. Es así que mientras la escuela nos enseña la identidad pública y los valores colectivos que nos unen, la banca se encarga de circular por todo el país ese dinero impreso por el Estado. La autoridad aprovecha su relación con la banca para esparcir su tipo de cambio único, y con ello difunde los símbolos patrios como el del águila devorando a la víbora (el control del Estado sobre el pueblo).

En este sentido, la banca era, en sus inicios, un representante e intermediario del Estado para la vida económica y comercial de la colectividad a través del manejo del dinero como instrumento, similar a como los gobiernos estatales y municipales son representaciones locales de menor escala en cuanto a lo político. En pocas palabras, sin bancos sería imposible tener un territorio tan grande operando bajo un mismo sistema, algo que hoy damos por un hecho en México.

Es por eso que su privatización siempre ha sido un dilema. El acuerdo original del Estado con la banca pública era la de publicitar el dinero como símbolo mítico de poder, permitiéndole hacer su negocio mientras reciclaba la identidad nacional en forma de relaciones económicas.

El dilema se agudizó cuando la banca se globalizó, ya con disfraz privado, debido a que comenzó a usar los tipos de cambio nacionales como fichas de apuestas especuladoras. Con ello dio inicio el sistema internacional de expansión de la deuda, del que todo imperio depende para refrendar su poderío alrededor del mundo.

Es por eso que la globalización significó la privatización a escala corporativa de las funciones bancarias, suceso que marcó un parteaguas en cuanto al poder real de la política frente a unos apostadores que monopolizaron las monedas nacionales únicas. Evidencia de esto no solo la vemos en el poder de una banca transnacional que ayudó a posicionar al dólar como la moneda de reserva global, sino también en la compra del banco central público que imprime el dinero (la Fed) por esa misma banca privada que manipula las tasas de interés para maximizar la usura.

Esta privatización del dinero se justificó con la ideología del neoliberalismo, ya que supuestamente los libres mercados, y no los gobiernos, deben ser los regidores de toda interacción humana.

No es casualidad que el neoliberalismo como dogma haya surgido de las fauces de intelectuales, empresarios y banqueros privados. Ellos se desviven por convencer a los gobiernos de la `perfección´ de sus ideas, las cuales encumbran al individuo y sus deseos consumistas sobre el resto de los designios socioculturales. Fue así como el Estado se `convenció´ (lo compraron) de vender los bienes públicos a una iniciativa privada atenta en dejarle todo a las ‘leyes’ del mercado.

La verdad de las cosas es que la banca y demás intereses privados se cobraron la factura de siglos de apoyo a la circulación de la identidad nacional como moneda única. Para ello sedujeron a las autoridades a que permitieran la privatización de los bienes públicos, fenómeno que ciertamente incluyó a la población, quien intercambió su identidad de ciudadano por una de consumidor. Ulteriormente, el neoliberalismo convirtió a los asuntos públicos en arenas de competencia privatizadas. Esta ideología dogmática de emancipación y libertad limpiaría el camino para una cultura adicta al crédito que prioriza la incesante adquisición de bienes materiales de todo tipo sobre cualquier otra cosa.

Entonces no nos sorprendamos de nuestra desidentificación con los proyectos nacionales. Nos hemos dejado convencer de la importancia del dinero sobre todo lo demás, incluyendo los valores y prácticas que alguna vez nos dieron comunidad e identidad nacional.

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