Thursday, 2 April 2015

De privatizaciones y tributos


“Mientras nuestros lideres pregonan la democracia, la cada vez más privada arquitectura de nuestras ciudades revela una historia más honesta” 

Anna Minton (1970- ) Periodista británica

La privatización del espacio público es la lógica coronación de una cultura definida por el dinero y la adquisición. Tres son los indicadores de que nuestra era es distinta a las que le anteceden.

Primero está la ideología neoliberal imperante, cuyo política del monetarismo –mejor entendido como el control del flujo monetario y los créditos– establece un poder financiero central para las decisiones fundamentales de la sociedad. Segundo está la transición occidental de una economía industrial hacia una basada en servicios financieros, entretenimiento y consumo. Tercero está la acelerada desregulación de cada vez más sectores públicos, significando la entrega del poder político a los grandes capitales privados.

La creación del dinero por una sola entidad central es el mejor símbolo de que nuestra cultura ha convertido al dinero en un dios, sin el cual se imposibilita la participación en el sistema de deuda/consumo que hoy nos rige. Similar a como sucedió en el pasado con la creación de iconos religiosos, la impresión del dinero en el monetarismo contemporáneo nos aclara quien detenta el poder en la sociedad.

Lo paradójico es que dichos creadores del dinero naveguen con bandera nacionalista, cuando en realidad sabemos que trabajan para la gran finanza. La Banca Central, que en teoría se vende como institución pública, está infiltrada por la banca privada, misma que hace grandes negocios con tasas de interés a modo, multiplicando los prestamos a partir de una sola fracción del dinero que realmente tienen.

Este clero neo-religioso es tan poderoso que se ha convertido en el pináculo del neo feudalismo anti democrático que hoy nos describe como sociedad. Tan fuerte es dicho arreglo corporativista que financia guerras y destruye países enteros para perpetuarse.

Por otro lado, el consumo y el entretenimiento, y en si la era de servicios en la que cada vez nos adentramos más, es el mejor ejemplo de que las actividades de la sociedad giran alrededor de la adquisición de cosas y experiencias. Así como en la antigüedad dependimos de la religión y sus directrices para colectivizarnos, hoy nuestra sociedad ha hecho del consumismo la base de su gozo y su organización.

La era industrial (XVIII – XX) fue de alguna forma el parte aguas del despegue del trabajo formal remunerado, que diferenció a la sociedad de la imposición medieval religiosa y la etapa monárquica. No obstante, el Estado técnicamente se mantuvo como entidad republicana, responsable de velar y arbitrar el interés público y comunitario frente a los embates de la creciente burguesía y sus hipnotizadas clases medias.

Fue así como el sistema de gobierno representativo obligó al Estado a imponerse todo tipo de normas y regulaciones. Había que mantenerse relevante ante el despegue económico industrial, ya que este podía poner en entredicho a esa colectividad que rellenaba esas naciones gobernadas por leyes que salvaguardaban lo público.

Desafortunadamente, el imperativo ideológico monetarista-financierista, aunado a una sociedad móvil con mayor poder adquisitivo y acceso a alta tecnología, obligaron al Estado a someterse –desregulándolo todo– a favor de los creadores del dinero y los lideres del entretenimiento y la especulación.

Era lógico que tarde o temprano tomaría el poder quien se encarga de crear el discurso mediático y los incentivos para esa cultura del consumo, para la cual nos adoctrinan desde la niñez para tener prisa en pro de sus ultra competitivas  ´libertades´ de mercado.

En suma, la privatización de todo no sólo responde al desmantelamiento de un Estado quebrado por tanta corrupción y gasto superlativo. También somos nosotros los que hemos priorizado la ansiedad de tener sobre el ser y el compartir en comunidad. Es por eso que el sistema que tenemos es simplemente un reflejo de lo que nos hemos permitido como sociedad y que ahora refrendamos como cultura.

Lo malo es que entre tanta parafernalia y mercachifle olvidamos que la privatización, en el sentido de tener que pagar por algo que en teoría ya era nuestro bajo la república –como el agua, el petróleo o las calles– es otra forma de imposición. Al parecer no hay escapatoria de esta sociedad del doble tributo.

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